Domingo de cuento
LA TIRA CÓMICA
De buena gana le hubiera
hecho tragar el asqueroso periódico, pero era mi jefe y aunque no sentía ningún
respeto por él, no me atrevía a tanto. Por alguno de esos misterios de nuestra
capacidad para las antipatías irracionales, le había tomado auténtica aversión.
O tal vez es que, sencillamente, me sentí desplazada cuando llegó, pues dejé de
ser la payasa de la oficina para convertirme en una especie de chivata malévola
que hacía ver a los demás lo que veía yo.
Lo que nunca entendí fue que
mis compañeros me siguieran el juego. Es verdad que era la más antigua y tenía
sobre ellos alguna ascendencia, pero esa especie de lameculos cuya simpleza y mezquindad era mayor que la
mía, y que se frotaban contra todo lo que se pudieran untar, aunque fuese
mierda, nunca la entendí. Me sentía frustrada, enojada con el mundo entero,
sobre todo después de la llegada de Ramiro cuyo puesto yo ambicionaba. Mis
compañeros cuchicheaban a mi espalda pero tenían para mí todo tipo de sonrisas
cuya complicidad nunca llegué a creerme, aunque que me venía de perlas para poner
un punto cómico en aquella oficina sórdida y triste, aun a costa de la
candidez de un compañero.
Todas las mañanas, la misma
cantinela; Ramiro asomaba el hocico detrás de la mampara y me preguntaba:
—Elena, ¿has leído el
periódico?
—Sí, hace rato.
—¿Me lo traes, por favor?
Yo me levantaba y le acercaba
el periódico. Permanecía a su lado unos segundos y miraba por encima de su
hombro sólo para asegurarme de cuál era la página que buscaba.
Siempre lo mismo, día tras
día. A Ramiro sólo le interesaba la tira cómica y la página de sucesos. La tira cómica nunca la
entendía y se las arreglaba para que yo le explicase de qué iba la cuestión.
Yo, a veces, y por pura maldad, le
explicaba todo del revés. Entonces el hombre se perdía en un embrollo de
confusiones mientras yo disimulaba una sonrisa torticera. Los compañeros
ahogaban la risa tras la mano o hacían que pareciera inocente. Ramiro nunca se
dio por enterado de las pullas y las míseras indirectas que, sin caridad
ninguna, le hacíamos continuamente. Él, con toda inocencia, una vez que ojeaba
la tira cómica, iba a mi ventanilla y, entre cliente y cliente, me preguntaba.
—¿La has leído? Es buenísima,
¿verdad?
—Muy buena.
—¿Y tú crees que este
personaje está acertado en lo que dice?
—Para nada, pero en eso
consiste el chiste, Ramiro.
Y si yo no decía nada más, se
iba. Eso era lo mejor que le podía pasarle, lo mínimo. Lo más frecuente era que
yo le hiciese preguntas respecto a la tira del día, en las que se embarullaba
sin remedio, hasta que se iba mucho más confundido de cómo había llegado.
Mis seis horas diarias ante
la ventanilla, meneando de acá para allá la maldita bandeja y escuchando las habituales chorradas e
impertinencias de los clientes, con la mejor cara posible, contribuyeron no poco a que odiase aquel aire
de ingenua bondad de mi jefe y, sobre todo, su innata simpatía y don de gentes.
Su sueldo no era mucho mejor que el mío, pero tenía un despacho ridículo detrás
de una mampara de metacrilato, veinte años menos y el sambenito de bobalicón
que yo contribuí a alimentar con generoso empeño hasta que Ramiro ascendió y se
fue a Madrid, a la Central, con doble sueldo y la mitad de horas de trabajo.
Yo, a pesar de mi despierta
inteligencia, de mi indiscutible sentido del humor, sigo calentando el mismo
asiento frente a la misma ventanilla de esta sucursal cutre, olvidada en un
mísero poblacho de provincias.
Tengo otro jefe, siempre
correcto, seco como un cardo a la orilla de un camino, al que no consigo
encontrar el punto flaco, así que mantenemos una relación laboral aséptica y
aburrida. Aburrida para mí, claro.
Por eso ayer me sorprendió muchísimo que me
llamase por mi nombre y me preguntase:
—Elena, ¿ha visto el
periódico?
—Sí.
—Tráigamelo, por favor.
Sentí cómo la boca se me llenaba de saliva y a una víbora minúscula reptando sobre mi estómago. Mi emoción era indescriptible
cuando le contesté:
—De acuerdo, pero hoy no trae
tira cómica.
—¿Perdón?
—Digo, señor director, que
hoy no trae tira cómica.
Primero se quedó mirándome
con cara de pasmo como si se sintiera desorientado. Luego reaccionó y, mientras
me fulminaba con los ojos, sin que
apenas se le moviese un músculo de la cara, me contestó con una especie de silbido:
—¿Es usted estúpida?
Tráigamelo inmediatamente. Quiero echar una mirada a la Bolsa.
Aurora García Rivas.