jueves, 21 de abril de 2016

Nueve y media de la mañana, San Tirso de Abres, Casona de Amaído, Desayuno antes de emprender el viaje camino de tierras de Friol

http://www.rtpa.es/video:TPA%20Noticias.%20Primera%20edicion_1461164877.html
minuto 36.46



Iniciamos la "Ruta de Catalina de Santisso" en la Casona de Amaído donde Yolanda Alzú nos regaló con un exquisito desayuno. Allí nos visitó la TPA

martes, 12 de abril de 2016

Eva Rico Ventoso pone música a una de las canciones que escribí para la ruta "Catalina de Santisso"

Así suena "Teño unha casa na lúa"

Es una de las tres canciones que escribí para la ruta de "Catalina de Santisso" a la que puso música Eva Rico Ventoso; está trabajando en las otras dos que faltan. Las escucharemos durante el viaje y en los lugares que visitemos.

https://www.facebook.com/profile.php?id=100006037005641 

martes, 5 de abril de 2016

RUTA LITERARIA SOBRE LA NOVELA "Catalina de Santisso" la dona de la torre de San Paio de Narla.


RUTA LITERARIA EN TORNO A LA NOVELA


"CATALINA de SANTISSO,

La dona de la torre de San Paio de Narla" 

Organiza el programa "Rompiendo distancias"

Día 20 de abril; celebramos con este viaje el DÍA DEL LIBRO.


A las ocho de la mañana desayunaremos en el hotel rural "Casona de Amaído" construido sobre el antiguo palacio de los Santisso. Allí vivió Catalina con sus padres don Sancho Lope de Santisso y su esposa doña Sancha de Lobeira y Mariño, en el s. XVI.

Éste era el palacio de Amaído.

Palacio de los Santisso, Amaído

Esta fotografía corresponde a la Casona de Amaído, construida sobre el palacio, hoy hotel rural, donde desayunaremos.

Hotel rural Casona de Amaído (Gracias a doña Yolanda Alzú, regente)

an Tirso de Abres, llamado "La perla del Eo" es el municipio más occidental del Principado de Asturias,
Allí vivió Catalina de Santisso en el palacio de Amaído, con sus padres. Encontraremos algunas edificaciones de la época como la capilla dedicada a San Juan, perteneciente al mismo palacio. El palacio de los Altamira y la iglesia parroquial dedicada a San Salvador, ambos del s. XVII. No quedan restos del convento que dependía del monasterio de Meira, como casi toda la Baja Tierra de Miranda. Hoy es un municipio habitado por menos de 600 personas, pero conserva todo su encanto. Es un lugar para visitar con tranquilidad y vivir una jornada rural con sendas, paisajes e historia muy interesante.


Panorámica de parte de San Tirso de Abres

Esta foto corresponde a parte del valle de Lourenzá, concretamente San Tomé y San Adriano, donde se ubica el pazo de Tovar que perteneció a don Antonio de Tovar a su espoda Blanca Pimentel y su hija Brianda Tovar y Pimenel Ribadeneira, casada con su tío Señor de San Paio de Narla Fernán Pérez das Seixas y Andrade  que pasó a ser el propietario de la torre de Xiá a la muerte de su hermano Vasco das Seixas y Andrade, esposo de Catalina a la cual asesinó en 1543.


Pazo de Tovar, hoy, restaurado en gran parte; su dueño don José Ventoso, nos recibirá en el mismo y nos hará una visita guiada.


Pazo-torre de Tovar, San Tomé de Lourenzá (gracias a don José Ventoso, propietario)



Panorámica de Friol (Lugo) donde comeremos antes de viajar a la fortaleza de Xiá, muy cerca de la villa.


Y, por fin, visitaremos la portentosa fortaleza de Xiá, o de San Paio de Narla, situada en la aldea de Castronela, construida sobre un castro celta. Salvada de la destrucción por los pelos, pues un constructor la compraba por diez mil pesetas para aprovechar el granito, fue adquirida por la Diputación de Lugo que instaló en ella un interesantísimo museo etnográfico.
En ella se conserva intacta la lareira, algunas estancias y la cama de Catalina. Tiene también en muy buen estado un par de espléndidas chimeneas. 
En esta fortaleza fue asesinada Catalina de Santisso por su esposo Vasco das Seixas mientras la acusaba de adulterio. Ocurrió en el otoño de 1543, Poco después, en noviembre, Vasco era asesinado por los Berganza en Portugal, parece ser que enterados del crimen que había cometido.
Este hecho dio lugar a una hermosísima leyenda conocida como "A dona das torres" en cuyo argumento se basa la novela "Catalina de Santisso" la dona de la torre de San Paio.


Fortaleza de Xiá (Gracias a doña Francisca Albuin, directora)

Mis más expresivas gracias a los Ayuntamientos de Taramundi, San Tirso de Abres y Castropol; al Ayuntamiento de Friol y a todas las personas que hacen posible esta ruta preparada con un gran interés por parte de Trini Suárez Rico, coordinadora del programa "Rompiendo distancias" auspiciado por el Pricipado de Asturias y sus Ayuntamientos.

Aurora García Rivas.

viernes, 11 de marzo de 2016

PARA EL FIN DE SEMANA, CUENTO (El paraguas) Y POEMA(Sembrador)




FIN DE SEMANA DE CUENTO Y POEMA



(Del libro "Docena y media de cuentos")

EL PARAGUAS 

Hace unos días, cuando regresaba de dar mi paseo por el camino que bordea los acantilados, se puso a llover a cántaros. En un momento me puse como una sopa. Me apresuré todo lo que pude para guarecerme bajo la última de las pérgolas que jalonan el sendero, aun cuando estaba segura de que no iba a servirme de mucho.
Foto propia
Poco antes de llegar, me encontré con él: era el hombre que todas las tardes hacía el mismo camino que yo y que se paraba sobre las rocas como si estuviera clavado en ellas, como si fuese el espíritu del aire; miraba al mar abatido, triste, ausente. No importaba qué tiempo hiciera, acudía puntual a aquella cita misteriosa y atisbaba el horizonte como si esperase a alguien.
Aquel día diluviaba, pero él parecía no sentir el frío del aguacero ni el azote del viento... Tampoco abrió el paraguas que llevaba siempre, lloviera o no, y que nunca le había visto usar. Miraba al horizonte absorto, en una especie de éxtasis  como si, de un momento a otro, fuese a echar a volar sobre las olas.
Cuando llegué a su lado, estaba empapada. Tenía frío y pensé que iba a coger una otitis. Entonces tuve la idea de pedirle el paraguas puesto que él no lo usaba; al menos me protegería algo la cabeza. Me acerqué a él y lo saludé.
—Hola, buenas tardes.
Me miró como si no me viese, pero reaccionó y creí adivinar un gesto de cordial simpatía en sus ojos.
—¿Sería tan amable de prestarme el paraguas, por favor?
Parecía no entender mi petición y me miró largamente. Al fin, me lo tendió sin contestarme; abandonó su atalaya, dio la vuelta y se alejó camino de la cuidad cuidando de esquivar los barrizales que la lluvia había dejado entre la hierba. Yo me quedé con el paraguas en la mano más sorprendida que si me hubiese dicho que no.
Al verlo marcharse con paso decidido, probé a abrir el paraguas levantándolo por encima de mi cabeza. De repente, me envolvió una sombra: me cayó encima toda la flacidez de la tela que se había soltado de las varillas y vi cientos de agujeros por los que entraba la luz cenicienta de la tarde. Me liberé como pude de aquel desbarajuste de óxido y polillas y empecé a correr tras el hombre para devolverle aquella inutilidad, pero ya no pude alcanzarlo. Había desaparecido entre la lluvia como un encantamiento.
Ya en casa, intenté arreglarlo; lo enrosqué, procurando disimular tantos agujeros y tantos rotos como tenía, y me puse a meditar sobre el misterio del paraguas, siempre en la mano del hombre y siempre cerrado. Supuse que tendría sus razones. Qué sabía yo de su alma… Qué puedo  saber yo del alma de nadie… Tuve la impresión de que, aun sin haber hablado nunca con él, ya éramos amigos. O, al menos, que había entre nosotros un especial entendimiento.
Al día siguiente volví a dar mi paseo y llevé el paraguas a su dueño. Lo encontré en el sitio acostumbrado, en las mismas rocas que bajan como filos de espadas hasta el rompiente. Estaba inmóvil, de pie frente a la galerna que amainaba a aquella hora.  Parecía atrapado por una parálisis. Lo saludé con un susurro para no asustarlo y se volvió hacia mí. Por primera vez pude ver con claridad sus ojos pintados por todos los grises del anochecer. Me dirigió una mirada que parecía venir del mismo fin del tiempo pero advertí en su cara el albor de una sonrisa.
— Tenga —le dije devolviéndole el paraguas—, muchas gracias.
— De nada, pídamelo cuando quiera. Yo no lo uso nunca.
Desde entonces, llueva o no, yo también llevo un paraguas cuando paseo por la orilla del mar. No quiero que mi amigo piense que, si llueve, no le pido el suyo porque no me atrevo, o él me lo ofrezca y no sepa cómo decirle que no sirve para nada.
  

 SEMBRADOR

Del poemario "La tierra vertical"

Acércate, sembrador, sosiega tus urgencias,
es aún tan joven la mañana...
Siéntate  a mi lado y charlemos
bajo el cielo donde vuelan  los pájaros
hambrientos.

A ese puñado
de trigo
que te queda
dale un destino más alto:
deja que alimente  a las bestias pequeñas
o que tenga la misma utilidad que los luceros.

Mientras tanto
vigilemos cada surco
de este mar inesperado.

Siéntate, sembrador, he traído
algo de pan: tejamos juntos los ovillos de la aurora